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Publireportaje del Proveedor

Las fiestas de la vendimia.
Uno conoce el vino, uno lo ha probado y ha sentido sus propiedades, ha sentido el entusiasmo que provoca, el viaje por los sentidos que propicia. Cuando uno se ha interesado por la manera en cómo se hace, en el arduo camino que la uva recorre desde el viñedo hasta la botella, y cómo todas las personas involucradas practican desde las más rigurosas técnicas y procedimientos científicos, hasta las más intuitivas decisiones con métodos casi propios de alquimistas, uno ha comprendido cabalmente lo que es el vino. Y cuando uno ha comprendido lo que es el vino, uno siente que es uno de esos milagros naturales por los que uno no puede más que estar muy agradecido con la naturaleza y con todos aquellos que lo hacen llegar a nuestras mesas.
Si uno que no es más que un simple aficionado, hay que imaginar lo que sienten el viticultor, el enólogo, el sommelier, el dueño de la vinícola, los trabajadores, las familias de todos ellos y además, los amigos, que seguramente oyen todo el año sobre los avatares del clima, del viñedo, de la fermentación, de la maduración e incluso del embotellamiento y hasta de cómo se está distribuyendo el vino. Ese preciado líquido de repente es el centro de la vida de muchísimas personas. Bueno, pues cuando algo tan complejo, tan delicado, tan mágico y a la vez tan riguroso es la parte más importante de la existencia, genera, casi instintivamente, acciones casi rituales para propiciar la bonanza y la buenaventura en su quehacer. Las vendimias son eso, celebraciones a la esperanza.
Con la primera cosecha de la uva, que en México generalmente es durante el verano, termina un largo proceso de cuidado en el viñedo. Después de tanto tiempo de espera, de minuciosas revisiones a la planta y sus frutos, el momento decisivo llega, la uva que se tiene es la que se va a procesar, la que se convertirá en vino. Lo que se tiene es lo que será, ya no hay marcha atrás. El ambiente en la casa vitivinícola es de emoción, aliento y alegría, el vino pronto vendrá a dar gusto y placer a muchas personas. Esta atmósfera, enrarecida de incertidumbres y certezas, se plasma en una serie de reuniones que en un principio son rituales de agradecimiento y de anhelo de que la colecta resulte en un muy buen vino.
Hace algunos años, en México, las fiestas de la vendimia parecían pasar un tanto desapercibidas por la gente que nada tenía que ver con el vino o con sus productores. Pero eso ha cambiado sustancialmente. Cada vez es más frecuente oír que un grupo de personas se desplaza a las zonas vitivinícolas para asistir a eventos que muchas veces son verdaderos acontecimientos sociales. Los conciertos y las veladas musicales, las exposiciones, las regatas - en el caso de Ensenada - los concursos de maridaje y de cata, la pisada de la uva y las visitas guiadas en las que se explica a los interesados cómo se hace el vino, son experiencias que el visitante difícilmente olvida. Asistir a este cúmulo de actividades es sin duda, una de las maneras más interesantes y bellas de acercarse a la naturaleza, de vivir la convivencia entorno a un gusto común y de compartir una de las aficiones humanas más profundas que existen.
Hoy en día, un número creciente de gente joven asiste a las vendimias, porque el vino ha dejado de ser una bebida exclusiva de expertos y entendidos. Porque ahora, más que nunca, compartir lo bueno es divertido. Y de verdad que no hay nada como platicar con los amigos bebiendo un buen vino, reírse a carcajadas teniendo en la mano una copa de buen vino, y, también, no hay nada como bailar con el gusto de un buen vino en la boca.
Y es que hay pocas cosas como estar en Ensenada y asistir, por ejemplo, a una verbena en instalaciones del siglo XIX, en donde se organizan muestras de artistas plásticos. El lugar se llena de gente que además oye grupos de música que tocan en la calle. También se exhiben artesanías y objetos diversos, y al lado, en un espacio enorme, se oye música electrónica a todo volumen. Ahí, detrás de sus tornamesas y su equipo impresionante, un DJ poco a poco sube el ambiente hasta tener a todos bailando sin parar. Todo está lleno de chavos fachosos a la moda, dando brincos y pasos exóticos, a los que una cosa une: botellas de vino en la mano. Afuera, puestos de comida de todo tipo y otra vez chavos, sentados en la banqueta, comiendo tacos con su botella de tinto al lado.
Tampoco hay nada como ir a una cena preparada por un chef francés escuchando un cuarteto de cuerdas, o ir a una comida campestre en donde se entonan canciones populares, mientras los asistentes toman vinos estupendos. Qué decir de los árboles y el viento suave en un viñedo, mientras el paladar se empapa con lo mejor de una añada y los oídos se entraman en notas de jazz. Pasar un atardecer con música romántica o asistir a un concurso de paellas, son sólo algunas de las múltiples actividades que una vendimia ofrece.
Pocas cosas, también, como una velada musical con degustación y cena de camarones, frijoles y por supuesto vino, en donde un espectáculo casi teatral, entretiene a los comensales e imprime un toque original a la forma de celebrar las vendimias. Asistir a un festejo con evocaciones rusas, con bailes y vinos exóticos, es igualmente, algo único.
Nada como ir a un concierto en donde toda una orquesta sinfónica ejecuta obras maestras clásicas. Después del intermedio, vienen las sopranos y los tenores a interpretar las más populares áreas de ópera mientras el vino corre por todos lados. Todo esto, bajo un atardecer que cae sobre los viñedos dispuestos en el horizonte junto a un lago artificial que enriquece dramáticamente la vista. Después, una gran cena en donde se ofrecen codornices como plato principal.
Lo que uno no puede perderse es la pisada de la uva. Alzar la falda o arremangar el pantalón, es el principio de una de las experiencias más extravagantes que existen para el común de los mortales. La frescura de la uva en las plantas de los pies y la sensación de cómo se van reventando los miles de frutos abriéndose al paso del jugo que entinta hasta los tobillos, para después sentir el esfuerzo de las piernas que machacan, una y otra vez la mezcla que se va formando, despierta la alegría. Ahí están todos, metidos en la gran cuba, riéndose, pisando, haciendo bromas. Todos los que esperan su turno apenas pueden aguantar las ganas de subir.
Así son las vendimias, divertidas, desenfadadas, a veces elegantes, a veces informales. Cuando uno va la primera vez, no entiende cómo es que se había perdido estas ocasiones que sin lugar a dudas transportan al visitante a un mundo en donde la sencillez de la naturaleza se entrama con la una de las actividades más antiguas y entrañables de la civilización humana. Los viñedos conmueven con su ordenamiento hipnótico, las uvas prometen lo mejor de ellas mismas, las plantas de vinificación impresionan con su poder mágico de transformación, las botellas encierran un futuro placer de todos los sentidos. El vino reúne a las personas, y el buen vino crea atmósferas en las que el cuerpo y la mente se hacen uno. Por eso las vendimias son puro gusto, puro comer y beber hasta quedar suspendido en placeres totales.
Después de cada festejo, la gente se retira sólo para prepararse a asistir al siguiente. En los momentos de pausa, los pensamientos sobre lo que el vino despierta en cada uno de nosotros, se reflejan en la sonrisa que nadie puede borrar de su rostro.
Fuente: "El Libro Mexicano" y AMV (Asociación Mexicana de Vitivinicultores)
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