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Dato curioso:



Aprendiendo a amar las lagrimas derramadas.
Tomamos una tabla de picar, sacamos nuestro mejor cuchillo, respiramos profundo y esperamos lo mejor. El espíritu de los grandes chefs de la historia nos invade y nos llenamos de una inspiración nunca antes vista. Inclusive nos dejamos llevar por el momento y comemos una tableta de chocolate de más, al fin las endorfinas que va a liberar nos permitirán superar el momento. Pero sin importar lo que hagamos, en ese momento justo en que la navaja corta la primera capa de piel de la cebolla, nuestros ojos se empiezan a llenar de agua salada, y como Magdalenas, nos soltamos en una lloradera que no termina sino hasta después de terminada la labor.
Las cebollas, si pudieran ser descritas y tipificadas en el mundo vegetal, serían una suerte de Ogro, con todo y botines sucios y mazo en mano, pues cada vez que se sirve en un plato, las miradas de sospecha se elevan, y con prontitud los tenedores hacen su parte. Pero como en las grandes historias, cuando los corazones se ablandan, los ogros dejan ver su lado amable, y las amistades que perduran dan inicio.
Tenemos una relación de amor – odio con la cebolla cruda, pero gran romance hemos vivido con las cebollas cocinadas; y si existe una variedad que es inmejorable para este propósito, esa es la cebolla amarilla.
Algunas de las razones por las que el uso de la cebolla amarilla es recomendado se presentan a continuación:
• Su alto contenido en azufre y azucares ofrece un sabor más complejo que las otras variedades a la hora de cocinarlo.
• Las cebollas amarillas contienen menor cantidad de agua que otras variedades, por lo que al prepararlas se consumen menos y mantienen una textura más firme.
• Almacenado en condiciones adecuadas, las cebollas amarillas pueden llegar a conservarse hasta por meses.
• Siendo la cebolla por excelencia para cocinar, es fácilmente utilizada para preparar sopas, salsas, y purés dulces, ó acompañando platillos fuertes servidas fritas, hervidas, al horno, capeadas ó empanizadas.
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